Chile se enfrenta a un gran reto. Durante 20 años hemos mantenido una trayectoria de crecimiento económico sólida y sostenida, pero la carrera no está ganada. El mundo evoluciona y Chile debe hacerlo también si quiere alcanzar el Bicentenario transitando por una vía de mayor progreso y equidad.
Decir hoy que las economías modernas se construyen con ideas y conocimiento más que sólo con capital y trabajo es mucho más que un eslogan. “En la era de la competencia y del progreso tecnológico, la prosperidad ya no se construye sobre reservas abundantes de mano de obra no calificada y mal remunerada, sino sobre la base de una fuerza de trabajo creativa, calificada, que sabe producir ideas, bienes y servicios intensivos en conocimiento, empleada en empresas privadas capaces de innovar” [Ángel Gurría, 2007], de adoptar las tecnologías más modernas, de mejorar sus modelos de gestión y comercialización y de vender en el mundo entero bienes y servicios nuevos o perfeccionados. Y por ello, el capital intelectual es entendido hoy como “la forma última de ventaja comparativa”.
Para estar a la altura de los múltiples desafíos que depara este mundo marcado por el cambio y la competencia global nada es más productivo que una inversión al servicio de la innovación”, entendida ésta de manera amplia como creación de valor y no sólo como sofisticación tecnológica, lo que abre múltiples caminos, según las posibilidades de cada país: desde hacerse fuerte en innovación de servicios, como en el retail, hasta desarrollar nuevos productos o procesos, y otros en sectores mucho más cercanos a la ciencia o la tecnología. La clave está siempre, en todo caso, en que es el consumidor el que tiene la última palabra.
Un salto a la economía del conocimiento
A Chile le ha ido bien en las últimas dos décadas; sin embargo, seguimos siendo un país de grandes desequilibrios. Es verdad que existen áreas en las que podemos compararnos de igual a igual con cualquier nación del mundo, pero hay otras en las que estamos más atrasados de lo que nuestro nivel de ingreso podría predecir. Así, mientras dimensiones como el manejo macroeconómico o el desarrollo institucional muestran importantes fortalezas en los índices de competitividad global (World Economic Forum), nuestras mayores debilidades están precisamente en aquellos aspectos que son fundamentales para el éxito en la nueva economía mundial, como la educación terciaria, la innovación y la sofisticación de los negocios.
La conclusión es simple y desafiante: Chile lo ha hecho bien creciendo a la vieja usanza, y la tarea es ahora mantener ese buen desempeño, pero con las nuevas reglas del juego de la competencia global y la Economía del Conocimiento.
Las proyecciones sobre el crecimiento futuro del país son muy reveladoras del reto al que nos enfrentamos. Si nos comparamos con los países que están en nuestro mismo nivel de ingreso y que buscan, como nosotros, alcanzar el desarrollo, seguimos dependiendo mucho más fuertemente que ellos de la transpiración. Y la verdad es que no tenemos posibilidad de sostener el crecimiento en los años venideros si no sumamos más inspiración, abriéndole camino a la innovación.
Tal como afirma la OCDE, la creación, diseminación y aplicación de conocimiento seguirá siendo el principal motor del crecimiento de la economía mundial por muchos años más, y por ello, para tomar a cabalidad esa senda, debemos ser capaces de desarrollar en Chile un Sistema Nacional de Innovación para la Competitividad que permita extraer lo mejor de nuestras potencialidades.
Un fenómeno sistémico
Cuál es el desafío entonces, si el campo de acción parece tan claro.
La dificultad para avanzar por esta senda radica, en primer lugar, en el hecho de que la innovación es un fenómeno complejo, sistémico, que depende de la confluencia de muchos factores y protagonistas y, por sobre todo, de las relaciones entre los distintos actores del sistema y la densidad con que éstas se dan. La innovación es un fenómeno que no se puede analizar de manera lineal y que es mucho más que la simple suma de sus integrantes, por lo que no se producirá si alguno de sus componentes falla o se ausenta.
Otro problema radica en el hecho de que para llevar adelante con éxito la innovación se requiere de una fuerte cooperación público-privada, porque hay insumos imprescindibles del proceso innovador que el sector privado no tiene los incentivos suficientes para producir en el nivel que el país requiere.
Por lo mismo, la acción pública es necesaria, pero se enfrenta al menos a dos grandes peligros.
El primero surge precisamente del hecho de que, por el carácter sistémico de la innovación, quienes diseñan e implementan las políticas públicas orientadas a su fomento son ministerios o agencias distintas, que tienden naturalmente a ver sólo una parte del problema, acarreando consigo importantes dificultades de coordinación que pueden producirse tanto a nivel del gobierno central como en la relación de éste con las regiones.
El segundo es que los beneficios de la acción pública pueden ser capturados por grupos de presión, lo que impone un desafío adicional al desarrollo institucional. Y por ello es importante aclarar desde un comienzo que un rol más relevante del sector público en la innovación no tiene porqué traducirse en un crecimiento desmedido del Estado, ya que una gran cantidad de estas políticas públicas pueden perfectamente ser diseñadas y controladas desde el aparato público, pero ser puestas en práctica por el sector privado. Esta es la dimensión más concreta de lo que el Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad entiende por una asociación público-privada para la innovación.
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